El paradigma de la Justicia restaurativa :El empoderaminto, en el enfoque restaurativo, de las victimas

 

 

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El empoderamiento, termino utilizado especialmente por las corrientes feministas y la psicología social, y también muy popular ente los que trabajan con aproximaciones participativas a la pobreza (“empower the poor”), se entiende aquí como una serie de acciones encaminadas a que una persona adquiera, a través de un incremento en el acceso a los recursos (jueces, psicólogos, médicos, expedientes, restituciones), un control sobre su vida y sobre las decisiones que toma, en pro de su bienestar físico y mental, que a la vez redundará en beneficio de los que la rodean y de la comunidad en general. El empoderamiento es un proceso mediante el cual las personas incrementan su capacidad de configurar sus propias vidas. Shuler (s.f.)

El nuevo rol activo de la víctima dentro del proceso penal, puede ayudar a que las personas recuperen la confianza en ellas mismas, en sus acciones, en sus decisiones, en su comunidad y en los sistemas de justicia, a través de un sistema que garantice su movilidad, su libertad y su capacidad para controlar su propia existencia, es decir que la justicia restaurativa puede resultar siendo un instrumento que empodere a las víctimas.

 

Kraft (2001), plantea que el empoderamiento debe llevar además a que las personas, encuentren sus propios recursos, se apropien de recursos externos y aprendan a utilizar ambos. Estos recursos pueden ser:
 
Recursos Humanos: Como lo pueden ser el mediador, los jueces, la comunidad, el agresor, miembros de la familia, entre otros
 
Recursos físicos: establecimientos seguros para llevar a cabo el proceso restaurativo
 
Recursos Psicológicos: confianza, auto-control, bienestar emocional, etc.
 
Recursos intelectuales: información, ideas, conocimiento de situaciones, etc.
 
Recursos financieros: salarios, donaciones, dinero, inversiones, etc.
 
Sin embargo para que lo anterior ocurra, deben darse ciertas garantías y oportunidades a las víctimas. En primer lugar debe asegurársele que el verdugo no seguirá ocupando espacios en donde pueda seguir maniobrando y maltratando, y que a este, sin menoscabo de sus derechos, se le exigirá que asuma la responsabilidad del daño causado. Ello implica que la víctima y las víctimas potenciales, deben sentir que recuperaran o mantendrán en gran medida su seguridad, y que podrán movilizarse sin sentir el acecho del perpetrador, es decir que debe garantizárseles que no habrá repetición.
 
Siendo el empoderamiento un proceso que apunta hacia un cambio en la naturaleza y la dirección de un sistema de fuerzas que marginalizan a un grupo específico de la población (Gender at Work, 2005), en este caso de personas que han sido puestas en situación de víctimas, la Justicia restaurativa se puede entender en este contexto, como un catalizador de ese empoderamiento, que le permita a las víctimas y a la comunidad, por un lado actuar proactivamente, sin ignorar sus necesidades, y por otro permitiendo un espacio donde las víctimas tengan la posibilidad de, hacer propuestas que mejoren el sistema de justicia y aporten soluciones frente a las distintas situaciones en que han resultado vulneradas.
 
En tercer lugar, las víctimas necesitan un sistema de justicia incluyente, donde tengan un espacio y un protagonismo hasta ahora ausente, pero mas que eso necesitan una sistema que conjugue el derecho a la justicia, a la verdad, a la reparación y a la participación. Estos cuatro elementos permiten que la víctima recupere la confianza, en si misma, en el Estado-ley, y en los otros. La confianza, esencia central de las relaciones sociales, sin la cual la sociedad no podría existir y los grupos humanos se disgregarían (Díaz, 2003), implica ante todo que frente a un proceso de victimización haya, en primer lugar la garantía de que la víctima podrá acceder a la justicia, y en segundo lugar que se hará realmente justicia. Este acceso a la justicia debe iniciar por generar mayor credibilidad en las instituciones encargadas de administrar justicia, brindándole a la víctima la seguridad de que sus denuncias serán atendidas con prontitud y respeto, evitando como ocurre frecuentemente, que se produzca una victimización secundaria.
 
Del mismo modo debe garantizársele el derecho a la verdad, que no solo se refiere a la verdad de los hechos durante la comisión del delito (verdad jurídica –la investigada y develada por el ente acusador-), sino a la verdad en todos sus aspectos, a la verdad de la víctima, del ofensor y de todas las circunstancias que rodearon y permitieron conciente o inconcientemente que se desarrollara dicho evento. Esta verdad no debe ser conocida solo por aquellos encargados de administrar justicia, debe ser comprendida por todos los actores del hecho: la víctima, el ofensor, la comunidad y el Estado. Sin la verdad, dice Esther Díaz (s.f), en su carácter de acontecimiento histórico, corto es el vuelo de la justicia, nula la fuerza de la ciencia y estéril cualquier relación social.
 
En cuanto a la reparación, habría que entenderse que antes que a una estructura, un orden establecido, y un contrato social, a quien se ofendió fue a un ser humano, quien necesita retomar el control de su vida y ser reparado. Y finalmente debería sumársele a los tres anteriores, la participación como uno mas de los derechos de las víctimas, comprendiendo que esto significa que la víctima pueda hacer parte de un proceso que conjugue a la verdad, la justicia y la reparación. Que se le permita a la víctima tomar decisiones, formular propuestas y pasar del lugar sujeto pasivo, atado a un lugar de sufrimiento y olvido, a sujeto proactivo, propositivo, capaz de cambiar su propio destino.
 
Lo anterior implicaría que la justicia y la sociedad dejarán de considerar a la víctima como un sujeto débil, al que se mira con lástima, porque hace parte de un grupo al que nadie quisiera pertenecer. En palabras de Beristain (2003), Se olvida que los afectados son personas normales en situaciones anormales. La víctima es ante todo un ser humano de carne y hueso, cuyo estado normal y natural no es el de víctima, sino el de persona, y esto implica que tiene capacidad y libertad para modificar su ambiente, para controlar su vida, para tomar decisiones, para participar, para actuar propositivamente, devolverle a la víctima el concepto de ella como persona a través de un proceso de Justicia Restaurativa, es algo que permite que se empodere.
 
Igualmente, dentro del paradigma de Justicia Restaurativa, el empoderamiento de las víctimas requiere de un cambio en los roles y costumbres de la justicia penal tradicional, esto implica que tanto el aparato de justicia, como el ofensor, la comunidad y las víctimas, deberán afrontar rupturas en sus esquemas e ideologías respecto a las formas de hacer y ejercer la justicia, y movilizarse a través de acciones que fortalezcan las relaciones sociales que han sido resquebrajadas por el delito.
 
En el mismo orden, las víctimas reales o potenciales de un delito deben sentir que pase lo que pase tendrán acceso a los recursos que permitirán su reparación. Las víctimas se empoderan en la medida en que sienten que son importantes para el sistema penal, que el Estado garantiza su acceso gratuito y oportuno a servicios de salud física y mental, y que cuentan con el apoyo de una red social y de su comunidad.
 
Como noveno punto a rescatar, el Estado debe buscar que las víctimas no padezcan una doble victimización, es decir que el acceso a la Justicia Restaurativa y a la Justicia tradicional no produzca mayores efectos nocivos de los que produjo el delito, de tal modo que la víctima no sea sometida a entrevistas masivas, a señalamientos y etiquetamientos y sobre todo debe evitarse que en un posible encuentro con el ofensor, la víctima salga mas lastimada, para lo cual es esencial el rol del mediador y las reglas de encuadre de cada uno de los encuentros entre víctima y víctimarios.
 
En este sentido, como planteaba Beristain (2003), todo victima necesita un reestablecimiento de su dignidad, encontrar un sentido a lo que le ha ocurrido y merece un respeto de sus creencias y tradiciones (rituales ante la muerte de un ser querido).
 
Asi pues, toda justicia debe partir de la victima, de sus necesidades y deseos, garantizando que las decisiones que las personas que han sido puesta en situación de víctimas sean respetadas. La justicia debe buscar que las personas que alguna vez fueron victimizadas (victimas de algun tipo de delito o agresión) y revictimizadas (mala atención por parte de quienes administran justicia, etiquetamiento social, etc) sientan que son realmente las protagonistas, que la agresión que padecieron no impedirá que puedan seguir actuando con control de sus vidas, que puedan salir a la calle con la frente en alto, seguras, confiadas, con la sensación de que pudieron hacer algo por ellas mismas con la protección del Estado y de su comunidad, que encontraron redes sociales de apoyo, que no fueron invisibles, que su voz fue escuchada y su dolor reparado. Pero igualmente ese empoderamiento que se puede dar a través de la Justicia Restaurativa, no debe llevar a que las víctimas se conviertan en futuros víctimarios, el poder debe ser un poder que permita hacer cosas con otros, por y para otros y no sobre otros.

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